Escribe Susana Merlo
La imagen bucólica, la “calma”, la antítesis con la industria, y algunas cositas más fueron parte de las justificaciones que, durante décadas, lograr frenar el desarrollo de uno de los sectores más competitivos y dinámicos que tiene el país.
Por desconocimiento, por política, por fundamentalismos, o por lo que fuere, se insistió con que “la industria” era el progreso, y “el campo” equivalía a retroceso. Nadie logra explicar aún porque uno de los principales puntales del país, los alimentos, no eran reconocidos como la base de la economía hasta hace pocos años atrás.
Eran apenas furgón de cola en la Secretaría de Industria donde brillaba la siderurgia, las petroquímicas, y hasta varios sectores que solo sobrevivieron gracias a los subsidios, y a mantener cerrada la economía, debido a su incapacidad para competir.
Incluso, fueron marginales hasta para la UIA (Unión Industrial Argentina), por lo que en su momento de formó la Copal (Coordinadora de Productos Alimentarios), prácticamente independizándose en los hechos.
Aún así, el “campo” logró mantenerse, no sin altibajos, y algunas pérdidas que hasta ahora parecían irreversibles, como el lino, el cáñamo, la colza recién se está empezando a recuperar; cayó más del 80% de la majada ovina, o los 10 millones de cabezas del rodeo vacuno que se perdieron hace poco más de una década y aún no se recuperan totalmente. También desaparecieron miles de productores (según el último censo, quedan unas 251.000 explotaciones), tambos, escuelas rurales…..
Ahora bien, Argentina tiene alrededor de 2,8 millones de km 2 (el 8º país en tamaño a nivel mundial).
Se calculan unas 278 millones de hectáreas continentales, de las cuales poco más de la mitad (160 millones) son hectáreas útiles, agropecuarias.
Sin embargo, apenas 40 millones de ellas son ocupadas con los cultivos anuales (granos); hay unas 100 mill de has. de pastizales naturales (para 50 millones de cabezas vacunas); unas 500.000 has de fruticultura (en baja); otras 150-180.000 hectáreas hortícolas (extensivo y bajo cubierta); 210.000 has de vid; 100.000 has de olivos, 700.000 has entre caña de azúcar, yerba, te tabaco, y algo más de 1 millón de has forestadas de los 22 millones potenciales.
Esto significa que aún restan unas 20 millones de hectáreas aptas sin desarrollar, más el subaprovechamiento evidente que presentan la mayoría de las restantes, especialmente en ganadería, donde los índices promedio del país siguen siendo muy bajos.
Tampoco se ve que haya aún chacras marinas para piscicultura, ni producción de algas, entre otras muchas cosas porque, a pesar de ser considerado el “sector de cola”, históricamente fue el principal aportante del fisco vía impuestos extraordinarios (además de los otros), como fueron -y son- las retenciones.
Sin embargo, un reciente trabajo presentado por el Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), que dirige el economista Luciano Laspina, muestra el resultado que puede provocar una política distinta, al analizar la transformación de Brasil en especial, en el último cuarto de siglo.
En este lapso, no solo se convirtió en uno de los mayores productores y exportadores de alimentos, sino que desarrolló el “centro y oeste” del país, que incluye varios Estados, y promovió la creación de más de 350 nuevas ciudades, constituyéndose hoy en uno de los núcleos más dinámicos de la economía brasileña.
Y no solo eso. Esa región ahora ya es la mayor exportadora, consolidando también el crecimiento del PBI Agro, que es mayor al del promedio del resto de la economía.
Los indicadores son claros a partir del “éxodo” interno que se va registrando hacia esas regiones, que duplica a las demás del país, y no solo por la producción agroindustrial, sino por los servicios, comercio, educación etc. que se activan en cada uno de esos lugares.
Tanto es así que, naturalmente, el mayor crecimiento de la educación agroindustrial, técnica, se está produciendo en esta parte de Brasil.
Ahora bien, cuales son algunas de las diferencias con la Argentina para lograr el desarrollo de esta nueva urbanidad, como la llama el Cippec?.
En primer lugar, que en Brasil existió la visión y la decisión oficial de que sucediera. Hubo una reforma constitucional en los ´80 que determinó “la creación de pueblos en el oeste”, lo que provocó la aparición de un plan, que tuvo continuidad a lo largo de varias décadas (con profundización en las ´últimas dos).
A partir de esto se tomaron algunas decisiones clave, previas, logísticas (grandes rutas troncales, y comunicación) y transporte multimodal. El mercado hizo el resto, derivando en una serie de hidrovías, y mucho tren “de trechos más cortos”.
Mientras, la priorización clara del derecho de propiedad (que desarticuló, por ejemplo, el Movimiento de Los Sin Tierra, que intrusaban los campos), y que los productores recibieran siempre el precio internacional “pleno” (sin retenciones), se consideraron clave para el éxito logrado.
Pero, Argentina podría lograr algo parecido?
Sin duda que sí, pero en primer lugar “tiene que querer hacerlo”, evaluando correctamente los aportes del “campo”, no solo productivos. Desde la calidad de vida, hasta la defensa de la cultura en cada una de las regiones, pasando por el desarrollo más parejo y equilibrado del territorio, hoy concentrado en 3-4 megaurbes con el AMBA (Area Metropolitana de Buenos Aires) a la cabeza, con casi 15 millones de habitantes, luego Córdoba con 3,2 millones, seguida por Rosario con 2,5 millones, y Mendoza 1,2 millón. Es decir que 4 ciudades tienen el 50% de la población total de todo el país.
Pero otros rasgos igualmente preocupantes pasan por la falta de integración (el Litoral, por caso, apenas “conectado” al resto del territorio, por 2 puntos); o la falta de conexiones viables y modernas (autopistas y trenes) para salir al Pacifico por el noroeste, obligando a buena parte del país a “bajar” hasta Buenos Aires con los lógicos aumentos de costos, contaminación (por el grueso de transporte carretero), riesgo de vidas, etc., etc..
Y lo peor, o lo mejor, es que en todos los rincones de esta inmensa geografía está “el campo”. No es un pueblo, no es una localidad vacía, no es un proyecto.
Es una realidad productiva tangible, pero subaprovechada (y subvaluada) hasta que alguien, o un conjunto (el Congreso???), se decidan a revertir, de una buena vez, las asimetrías con décadas de arrastre, que permitan el crecimiento estructural y “armónico” de todo el país.
Recién ahí va a quedar en claro que “el campo”, es mucho más que “campo”.













