El Diario de...

Susana Merlo

Una mirada distinta de la Agroindustria

Escribe Susana Merlo

 

Aunque se viene anunciando hace tiempo, el mundo, y la Argentina, por algunas razones coincidentes y otras particulares, entraron en un nuevo ciclo.

Algunos, incluso, hablan hasta de un “cambio de era”, que no fue evidente de entrada, aunque los observadores más sutiles fueron advirtiendo la situación.

Ahora, con dos conflictos mundiales maduros (Rusia-Ucrania, e Irak-Israel (EEUU), con la profundización de conflictos socio-religiosos como el islamismo, y con un vuelco pronunciado hacia los gobiernos de derecha en varios lugares, es evidente que el mundo ya es otro.

Pero, tal vez, haya sido el “capitalismo” comunista de China y su fuerte apertura hacia Occidente, como comprador (de alimentos), y vendedor de alta tecnología de avanzada, lo que puso el broche de oro a una nueva alineación en la que las dos grandes potencias: EE.UU. y China, no solo no se enfrentan abiertamente (apenas en lo comercial), sino que parecen haberse dividido salomónicamente buena parte del mundo.

Y, si esto es así, se estaría cumpliendo entonces, la histórica consigna de Washington: “América para los americanos”, aunque ahora si para todos, desde Alaska hasta la Antártida.

Argentina, mientras tanto, también dio un fuerte golpe de timón interno, inesperado para algunos, absolutamente necesario para la mayoría, desprolijo por lo improvisado y, por lo mismo, con cantidad de errores.

Pero no sería justo no reconocer que se pudieron alejar buena parte de los peores vaticinios, desde la inmediata caída del gobierno en enero del ´24, hasta una brutal corrida cambiaria, hiperinflación, huelgas salvajes, explosión social, y todos los temores más graves, algunos tal vez fundados, y otros tantos casi alentados desde una desmadrada oposición política, incapaz de aportar alguna alternativa superadora.

Así, al igual que muchos otros países, la Argentina se enfrenta ahora a un futuro que no termina de delinearse, pero también  ya dejó un pasado que no va a volver, entre otras cosas, porque la realidad del mundo es otra, y la tecnología que se transita es casi desconocida para la mayoría.

Y lo que es válido para el país, también lo es para uno de sus sectores clave, el campo, que entre otras cosas, tendrá que ir aprendiendo a compartir su primer lugar con otros, como la energía, o la minería, de crecimiento explosivo.

Pero eso no es lo grave. Lo que realmente lo es, sería no aprovechar el momento para revertir la fuerte tendencia declinante de la producción agroindustrial en las últimas décadas.

Y ya no importa hasta donde los errores fueron ajenos, o propios (que también los hubo, y los hay).

Lo cierto es que en parte por acostumbramiento, también por falta de credibilidad en la estabilidad de las políticas, y otro poco por incapacidad para acompañar el cambio tecnológico a la velocidad que va, comienzan a perderse oportunidades que son clave, y momentos estratégicos.

Hasta ahora, el mayor avance que se alcanzó con las nuevas políticas, sin impuesto PAIS, con baja de varias retenciones, y con remisión de cantidad de escollos, vino de la mano del clima que, humedad mediante, está permitiendo una cosecha que será superior a todas las anteriores, a pesar de que hubo muy poco crecimiento de área. Sin embargo, los rindes inesperados, no acompañados por una buena fertilización, sumaron caídas de calidad que habrá que reponer.

Tras dos años de no intervención en los mercados ganaderos y en los precios (internos e internacionales) de excepción, recién parece insinuarse algún cambio, con una leve recuperación del rodeo vacuno y, también, un ligero aumento en los pesos de faena.

Mientras, el mundo demanda más carne, y la Argentina no tiene mucho más volumen para ofertar.

Pero simultáneamente, la porcinocultura crece a pasos agigantados, y con visión estratégica, aunque los ovinos todavía no despiertan (y tienen un precio internacional promedio más alto que la carne vacuna), y la lechería, aunque con altibajos, va completando una fuerte tecnificación (entre robótica y automatizados), que también marca el salto de escala.

Es cierto que no todos crecen al mismo ritmo ni están en igual situación. La experiencia de los ´90, cuando desaparecieron miles de productores, mostró la peor cara de la escala, y en dos facetas: por un lado, los que se fueron del campo, y por el otro, la irrupción masiva de los rentistas, o arrendatarios. Los que alquilan sus campos para que los produzcan otros.

Pero no necesariamente debiera ser ese esta la única opción. Sin embargo, para que algo tenga un resultado distinto, no se puede repetir la misma receta anterior…

En el caso de Brasil, su herramienta clave, para el espectacular crecimiento de la producción fue, además de la continuidad política de objetivos claros,  el EMBRAPA, el instituto técnico que  respaldó la adopción de las más modernas tecnología, realizó la investigaciones, y contuvo a los productores chicos orientándolos hacia esquema más intensivos, o cooperativos.

Aquí, sin embargo, tras más de un año y medio de planteada la modernización del INTA, y su racionalización, no surgió aún ninguna propuesta formal desde el propio sector, que apenas llegó a cambiar a un par de sus representantes (ni siquiera a todos) en el Consejo, que venían desde varias gestiones previas, muchas de ellas ineficientes y hasta politizadas.

También se podría mencionar que mientras el Rhin, el Mississippi, o cualquiera de los grandes ríos del mundo constituyen verdaderas autopistas de comercio, en Argentina la Hidrovía Paraná estuvo con contrato vencido 5 años, y perdió otro más por el fracaso (forzado, dicen algunos) de la licitación del año pasado.

Se podría seguir enumerando, pero sería infinito.

El campo argentino necesita ya una fuerte renovación de cuadros dirigenciales, pues los de familia se van dando por la propia presión tecnológica que obliga a delegar.

Y junto con esto, tiene que reaparecer el compromiso publico que lleve a los empresarios a ocuparse también de las cuestiones “tranqueras afuera”.

Es cierto que falta avanzar rápidamente en infraestructura de todos los tipos (transporte, comunicaciones, energía, etc.), y mucho de eso corresponde a los estados nacional, provinciales, y municipales, pero no todo. Es mucho también lo que pueden hacer, y controlar, los propios privados.

Pero tal vez, lo más importante sean los esfuerzos urgentes que se requieren  en educación, especialmente “rural”,con  salida laboral para alumnos secundarios, y mejoras en los niveles  terciarios, no solo para aumentar la calificación de la mano de obra y bajar más el desempleo, sino para evitar que se sigan atiborrando de gente las grandes ciudades, mientras en las zonas rurales es casi imposible conseguir técnicos, e idóneos en cualquier disciplina.

Demasiados pendientes, y no solo oficiales….

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