(Por Susana Merlo, especial de + Produccion, de La Mañana de Neuquen). Después del bochorno del martes 20 de enero, cuando parte del Parlamento Europeo decidió condicionar el Acuerdo Mercosur–Unión Europea, remitiéndolo a la Corte de Justicia comunitaria “para que analice la compatibilidad de los bloques”, apenas tres días después de que había sido firmado, dejando así a cinco presidentes y a la propia titular de la Eurocámara, Ursula von der Leyen, con la misma cara que los invitados a una boda en la que la novia huyó, ahora son más las preguntas que las respuestas para saber cómo quedan las negociaciones y, especialmente, “para cuándo”.
Es cierto que el resultado de la votación, con 334 votos a favor, 324 en contra y 11 abstenciones, muestra lo reñido de la situación interna en Europa. Sin embargo, fue esa misma Cámara la que había autorizado, semanas atrás, a von der Leyen a firmar el acuerdo preliminar, o transitorio, que fue exactamente lo que se hizo.
De hecho, tal como se venía adelantando en estas mismas páginas de +P, era demasiado llamativa la celeridad que se le había imprimido a las últimas semanas para que se firmara “a cualquier precio”, nunca mejor dicho, a la luz de las “ayudas” adicionales que se consiguieron para los productores por fuera de la PAC (Política Agrícola Común), que ya cuenta con 290.000 millones de euros, los cuales se mantienen a pesar del acuerdo (ahora suspendido), pero a los que se les agregan unos 110.000 millones de euros más, que se asignarán por otros canales y directamente a los países, como políticas agropecuarias, por impacto en los mercados o para desarrollo rural.
Europa gana tiempo y el Mercosur queda en suspenso
Ahora, mientras los más optimistas calculan que la resolución del Tribunal puede durar “al menos” un año, ¿Qué pueden hacer los países del Mercosur ante un acuerdo que puede cambiar?, ¿O es solo una maniobra para ganar tiempo?, o, peor aún, ¿Es una “interna” (que en el Viejo Continente también las hay)?
Lo concreto es que Europa no tiene tiempo y está frente a una encrucijada, con muy pocos lugares con los cuales negociar y con un EE.UU. muy fuerte, amenazando con Groenlandia y con los “aranceles” a quienes se interpongan en su camino, y hay varios países europeos que pretenden, justamente, intentar bloquearlo.
Es muy difícil, entonces, que los países del Mercado Común puedan plantear a sus respectivos Congresos el tratamiento de un acuerdo que podría llegar a cambiar. El propio Javier Milei parece tener algún temor de aprobar “en vacío”, dada la inseguridad que se plantea sobre los eventuales términos del convenio.
Sin embargo, como se sabe, con la sola aprobación de alguno de los socios del sur ya se podía poner en marcha, en forma transitoria, la parte que incluye todo lo comercial, y es la estrategia con la que parece que va a insistir ahora el 50 % de Europa que está a favor de avanzar y que prioriza el salto estratégico que puede dar la Comunidad fortaleciendo aún más su relación con Sudamérica.
Eso ya estaba aprobado y autorizado por Bruselas, antes de la “martingala” judicial de la semana pasada.
De ahí que las negociaciones en la eurozona sean febriles por estas horas, y no solo en Bruselas, sino también en varias capitales del Viejo Mundo, que temen que la eventual pérdida de uno o dos años por cuestiones judiciales mande a Europa a “la cola” del nuevo mapa que parece armarse en Occidente.
Dudas políticas, antecedentes y un final abierto
Pero tampoco está claro qué harán los legisladores locales, o si habrá un movimiento conjunto desde el Mercosur para incluir algunas “correcciones” que neutralicen ciertos cambios unilaterales de último momento que parece que traía el acuerdo firmado por von der Leyen y que presentó en Asunción ante Santiago Peña (Paraguay), presidente pro tempore del Mercosur; Javier Milei (Argentina); Yamandú Orsi (Uruguay); Rodrigo Paz (Bolivia) y José Raúl Mulino (Panamá). Finalmente, Lula da Silva no asistió, aunque fue “visitado” por von der Leyen el día anterior en Brasilia.
“Lo necesitan, pero no lo quieren, y hoy no hay liderazgos en Europa como para imponerlo”, fue la lapidaria definición de un diplomático de carrera, que representa bastante el malhumor que reina en las cancillerías sudamericanas, ante lo que consideran solo “una estrategia para ganar tiempo”.
“Las conversaciones comenzaron en 1995 y, desde entonces, siempre encontraron mecanismos para frenarlo”, reconoció un exembajador local en Europa, que no acepta el argumento de apelar, recién ahora, al máximo Tribunal de Justicia del bloque “para que dictamine si el acuerdo es plenamente compatible con el derecho comunitario”. “Eso ya lo hicieron en las últimas dos décadas”, sentenció.
Pese a los que quieren ver solo “una pausa”, otros son escépticos respecto de esa posibilidad. “Esto ya ocurrió demasiadas veces. Incluso, ahora la UE se reserva la potestad de ‘elegir’ a qué rubros quiere bajar aranceles y a cuáles no, y aplicar una ‘transitoriedad’ que, en realidad, es ‘discrecionalidad’”, objetan.
Las grandes preguntas ahora son: ¿Dónde está el acuerdo?, ¿Qué es lo que van a analizar los Parlamentos sudamericanos?, ¿pueden, según las normas del Mercosur, actuar “bilateralmente”, como sería en este caso, ingresando al acuerdo a medida que sus respectivos Parlamentos lo aprueben? ¿Y si el máximo Tribunal de Justicia objeta o modifica algo, por ejemplo, dentro de seis u ocho meses, qué sucedería con lo ya aprobado?
Como siempre, más preguntas que respuestas, especialmente porque los responsables locales tampoco abundan demasiado en datos que son clave.
Finalmente, todo indica que habría que darle la razón al exministro Domingo Cavallo, que se negó sistemáticamente a crear “organismos de gobierno” al estilo de la Unión Europea cuando se creó el Mercosur en los años noventa.
¿La justificación? El exceso de burocracia, el costo y la pérdida de tiempo y agilidad.
Por ahora, lo que se sabe es que el acuerdo no está rechazado y tampoco se volverá a negociar. Pero, al activarse un mecanismo de control institucional previsto en las normas europeas, cabe la posibilidad de que surjan discrepancias y se siga ganando tiempo, obligando a más negociaciones.














