Inicio

El síndrome del día después

Escribe Susana Merlo

El nuevo cierre de las exportaciones de carne, equivalente a pegarse un tiro en el pié para un país fuertemente agroexportador como la Argentina, remontó inmediatamente al primer hecho de esta naturaleza, en marzo del 2006, con Néstor Kirchner como Presidente, Felisa Micceli como Ministro de Economía, y Miguel Peirano al frente de la Secretaría de Comercio Interior.
En aquel momento, además de las quejas, la medida no disparó mayores reacciones aparentes, ni siquiera de parte del sector directamente afectado, la ganadería, y tampoco de los restantes, que deberían haber previsto que semejante avanzada no terminaría solamente ahí.
El caso es que la inseguridad que determinó aquella medida oficial fue una de las principales causas de que comenzara una lenta, pero inexorable, liquidación ganadera, que se acentuó con la fuerte suba internacional de los granos que se iba dando en simultáneo.
Todo el proceso desembocó en que la producción lentamente se volcó hacia la soja, que se podía exportar con seguridad (ya que no se consumía internamente), y que derivó en la mal llamada “sojización”; y en una paulatina liquidación ganadera que terminó diezmando más de 20% del rodeo vacuno nacional, que aún no se termina de recuperar.
La historia argentina, en la cual nadie se hace cargo de los efectos de las políticas implementadas, sumada al hecho de la desmemoria que parece afectar a buena parte de la sociedad son, simultáneamente, los factores que estarían justificando que, transcurridos unos pocos años, se puedan repetir los mismos errores, los que también, seguramente, tendrán los mismos resultados, o mejor dicho, consecuencias.
Y poco importa que tan rápido se corrija, o eventualmente se de marcha atrás. Tampoco cambia para nada el esquema mediático que se elija para buscar chivos expiatorios, o responsables, lo cierto es que el daño ya está hecho: ante la inseguridad los productores, que tienen un negocio de largo plazo entre manos, lógicamente se repliegan optando por rubros más seguros. A su vez, la Argentina vuelve a perder credibilidad en el mercado internacional, tema muy difícil de recuperar sobre todo cuando es reiterado.
¿Por qué podría ser confiable un país que fue capaz de dejar sin carne a su principal cliente de aquel momento, Alemania, en pleno Mundial de Futbol, con miles de turistas de todo el mundo en suelo germano?
¿O que es capaz, ahora, de dejar sin carne de la noche a la mañana, a China que compra en Argentina más de 20% de la carne vacuna que importa, y también pasó a ser el principal cliente del rubro?.
Ni siquiera vale la pena hacer las cuentas de los millones de dólares gastados en promoción del producto durante años, ni de los esfuerzos de empresas y diplomáticos para lograr cada uno de los acuerdos que luego, alegremente, algún funcionario de turno tira por la borda.
De acuerdo a un estudio reciente del grupo de economía de la Rural, entre 2007 y 2011 inclusive, post primer cierre de las exportaciones, Argentina achicó su rodeo en más de 10 millones de cabezas de las cuales, unos 3,7 millones eran vientres, o sea, la fábrica de terneros. Ni el stock, ni las vacas se recuperaron totalmente aún, si bien la brecha se fue achicando paulatinamente.
De acuerdo al trabajo, la pérdida de activos ganaderos de la década, hasta 2018, fue de U$S 30.700 millones (!!).
Y no solo eso, el hecho es que la carne vacuna para el consumo interno, lejos de abaratarse, se encareció y el consumo interno comenzó a caer también paulatinamente.
Como en la carambola: “todos pierden…”.
Y todo esto, tal vez interesante para algún historiador, parece no conocerse, o al menos recordase, por parte de los responsables de administrar el país, de elegir las mejores políticas de crecimiento, y tomar las decisiones que permitan la mejor inserción internacional de la Argentina. Peor aún, ni siquiera parecen ser conscientes que parte de lo que está ocurriendo ahora tiene su origen en aquel momento.
Además, ¿Por qué ahora las mismas medidas de hace 15 años atrás tendrían que tener un resultado distinto?
¿Realmente alguien cree que los únicos perjudicados son los productores ganaderos? ¿Nadie sabe usar una calculadora simple para hacer las cuentas de cuanto mayores hubieran sido los ingresos por exportaciones, o se podría haber abaratado la carne, con 10 millones más de cabezas, y con mayores exportaciones mejor integradas?
¿Será, entonces, el síndrome del día después, o mejor aún, “El día de la Marmota”, recordando el exasperante film en el que los sucesos se repetían día tras día, sin cambios?